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sábado, 17 de octubre de 2015

Braidotti y el Posthumano

Por Eduardo Nabal
Soy un cyborg, lo parezco, no se lo que es eso  o me resisto a usar tal aparato o a que enseguida me quieran vender el otro, el siguiente modelo, son palabras bastante oídas en nuestros días. 
Me quede en la escritura a mano o hay que estar al día.  Renovarse o morir. Yo ya miro internet solo en el IPhone. Necesito un cargador.  Agujeros que entran información. La información se parece al deseo y a la vez se contrapone. 
La comunicación/incomunicación puede tener mucho que ver con objetos que casi están incorporados a nuestros cuerpos o forman parte de nuestras vidas, bien diversas a pesar de la uniformidad de ciertos dispositivos, de ciertos mandatos no escritos. 

Braidotti, una de las mujeres académicas a la par que activistas más en contacto con la sociedad de nuestro tiempo y cercana al mundo crispado en que vivimos, se sitúa en un campo inseguro pero altamente preciado y en boga como es el del cuerpo-órganos-mentes-máquinas-plataformas-discursos-fronteras-chismes-sentimientos y las formas de entender o no el fin del humanismo y el antropocentrismo, el capitalismo deshumanizado y el tercer mundo como basurero planetario. 
Como el cementerio de coches de "La jauría humana" solo que poblando Kenia y otros países.  Yo tuve ocasión  de verla (a Braidotti) hace bastantes años en una breve intervención en la escalera Karakola de Madrid, donde hablaba de la diáspora y el género. 

Sé que algunos militantes muy activos de la Radical Gay o LSD fueron alumnos o amigas suyos y la conocieron mucho más de cerca. Eran otros tiempos, siempre son otros tiempos. Braidotti, de otra forma que Butler o Sedwigk, se ha situado en una línea de fuego algo más europea pero igualmente preocupada por conjugar las brillantes teorías sobre el género y la performatividad (herederas de Foucault, el post-feminismo y la teoría pos-colonialista y anti-racista)  con la realidad social cambiante, quebrada, geográficamente dispersa y humanamente en crisis del nuevo milenio.  
Resistiendo a la obsolescencia programada y el consumo fetichista pero sin  una mirada pesimista a los avances positivos de la ciencia en el campo de la cultura y las subculturas de resistencia a la desinformación generalizada, herramientas que ya no son del amo. 

También, en esta ocasión, de  los matices con los que se puede abordar el post-humanismo e incluso el anti-humanismo, por la voluntad reguladora del humanismo clásico y sus pretensiones hegemónicas y  como forma, más o menos solapada, de organización social y centralidad del sujeto hombre blanco, poderososo, heterosexual, productivo, que engloba y excluye muchos matices y sujetos, dispositivos de comunicación. 

El humanismo clásico igual que el comunismo de los pioneros no tiene nada de malo ni está obsoleto solo que no es una herramienta suficiente para entender los desplazamientos del saber/poder de esas formas de producir la vida, dar sentido al sexo, regular la muerte y el encierro (cárcel o manicomio), de las que hablaban, en un principio, Foucault o Deleuze, de los que la autora se confiesa discípula algo desconfiada.  

El feminismo, la sociopolítica, la filosofía postcolonial, la descolonización, los estudios LGTB, la militancia antisida, el antirracismo, las nuevas tecnologías al servicio de las personas con diversidad funcional o alguna dificultad, las nuevas corrientes de reivindicación de subjetividades negadas o despojadas que nacen de los cuerpos y sus suplementos maquínicos, las prótesis, los implantes médicos,  los dispositivos de interconexión así como los grandes nombres del pensamiento de varias épocas o la más reciente “teoría queer” se dan cita en este análisis lúcido de nuestra condición humana y post-humana de la mano de la autora del ya imprescindible  “Sujetos nómadas” ( Argentina, Paidos). 

El libro es menos literario y ameno que “Ceros y unos”, la joya  de Sadie Plant sobre el nacimiento de la informática de la mano de Ada Lovelace y Alan Turing (una mujer y un hombre gay represaliado por la Inglaterra de los años cincuenta) hasta nuestros días de jóvenes y pedantes emprendedores  con acné y cara de empollones y se aparta del tono de socialismo utópico del zoo particular o el laboratorio bienintencionado de  Donna Haraway (“Ciencia, cyborgs mujeres”) o Sandra Harding, toda una pionera, centrándose más en la forma de vernos, repensarnos  y ser vistos como seres cuya vida personal y social e incluso sus subjetividades se ven mediatizadas por las nuevas tecnologías, las comunicaciones renovadas,  las nuevas formas de entender las relaciones humanas y laborales, sus extrañas y renovadas jerarquías, el poder  adquirido o perdido de quienes las aplican, cómo y cuando las aplican, como podemos hacernos con las resistencias  y las herramientas de la más invisible de las tiranías, catódicas o no. 
Sin un optimismo ciego ni una ingenuidad de ciencia-ficción pero teniendo en cuenta en  las posibilidades de resistencia, reapropiación a un futuro de control social, Braidotti pone muchos ejemplos en los que la  transformación social es una posibilidad emanada de entender el mundo mas allá de lo humano como totalidad  y también de falso recambio,  de maquillaje, ejemplos de documentada ironía y sabio escalpelo sobre fronteras que no son repensadas mas allá de la teoría y ritos que se transforman pero permanecen, de dualismos que se disfrazan. 
Una transformación en la que la autora en su libro  adopta una  posición de observadora de giros importantes en uno u otro sentido, huyendo de la distopía y el pesimismo catastrofista. Cambios que ella reclama para la mejora social, laboral, el apoyo comunitario, los tejidos solidarios,  las redes de concurrencia, la reivindicación de nuevos sujetos y su empoderamiento,  la denuncia de malos tratos y las políticas individuales de la ubicación en espacios de trans-sición y contestación. Esto lleva implícito la puesta en cuestión definitiva de los todavía llamados “valores universales” y lleva parejo  el reconocimiento de las todavía llamadas minorías y una visión positiva del desmantelamiento, que tenemos ante nuestros ojos, de los postulados mas clásicos e inamovibles del humanismo tradicional de occidente y sus pretensiones mas uniformizadoras del comunismo, a, sobre todo, el capitalismo y la globalización pero también a las supremacías raciales y religiosas, la heterosexualidad obligatoria o la concepción tradicionalista del trabajo productivo. 

Braidotti como yo no solo desconfía de las ciudades inteligentes gobernadas por gentes que no lo son sino del mismo concepto de Smart city  con sus resabios de control social orwelliano o panóptico foucualtiano. Lejos de Blade Runner y más aún El club de la lucha y sus regímenes tanatoc su espiral de pensamientovas y revitalizadas porque no necesitan la legitimaciisap pad didsmo por el mismo ttencia, las luchas ráticos , Braidotti nos abre su espiral de pensamiento una multitud disapórica de subjetividades nuevas y revitalizadas porque no necesitan la legitimación del humanismo clásico. 

El liberalismo asustado de nuestra década es el nido de muchos microfascismos (gubernamentales, policiales, académicos, económicos, socioculturales)  aunque también de muchas formas renovadas de repensar lo social y lo político desde posiciones no reguladas y con una alta capacidad de renovación de esquemas que han demostrado su ineficacia así como su perpetuación a través de la violencia o la guerra. 
Todo más allá de las fronteras y dualismos blanco/negro, naturaleza/cultura, humano/maquinico, homo/hetero, funcional/disfuncional, rico/pobre, móvil/inmóvil.  

En muchas ocasiones esas gentes que vienen a estas u otras costas, sorteando peligros y mares, lo primero que buscan al llegar son esos dispositivos que les permiten estar en contacto con la gente o gentes que dejaron en sus lugares de partida, para ellos es fundamental el mundo de las comunicaciones a larga distancia. 

Braidotti se muestra fina y documentada en sus análisis y en sus ejemplos logra todo un ensayo denso y potente y sincero que, a pesar de su tono filosófico, no deja de tener su utilidad y versatilidad como reflexión urgente sobre el papel que ya están tomando los elementos considerados “no humanos” o “menos humanos”  como elementos enriquecedores, paradójicos, limitadores o regidores de nuestro acceso a la subjetividad, a la supervivencia, al cuestionamiento del presente y  la creatividad,  a repensar  la forma urgente de mejora de las condiciones de vida, a la ecología como nueva  lucha y compañera de viaje a recuperar y a la diversidad social o una visión mas inclusiva de lo humano que rompa con esa misma categoría como un universal antropocéntrico, heterosexista, masculino, colonial y occidentalista.


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