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lunes, 21 de diciembre de 2015

Elecciones 20D: entre la reforma y la apertura del proceso constituyente

Por Victor Atobas

Las elecciones de 20D han terminado de romper el sistema bipartidista que llevaba imperando en España desde hacía más de 30 años, con el gran éxito de Podemos y la irrupción a medio gas de Ciudadanos. 
De nuevo, la injusta ley electoral ha propiciado que muchos votos a ciertas formaciones, especialmente IU-UP, hayan quedado sin representación. 
El PSOE ha resultado beneficiado de dicha ley, y sus escaños le salen más baratos, a pesar de que los “socialistas” han cosechado su peor resultado. Notorio resulta que la unión de IU-UP con Podemos hubiera acabado por desbancar al pernicioso (y peligroso) PSOE.

La reforma constitucional es defendida, en distintos términos, por los “socialistas”, Podemos y Ciudadanos, al tiempo que el PP se enroca en no reconocer que la constitución del 78 ha muerto; ya no existe pues su legitimidad se ha esfumado, cuando sólo unos años atrás suponía el símbolo del consenso sagrado de la transición. 
Como dice Iglesias, ahora estamos en la segunda transición (ya desde que dimitiera, forzado, el rey Juan Carlos). 
Y la cuestión territorial supone una cuestión crucial, pues el tiempo de cambio político en Catalunya puede acabar acoplándose con el resto del Estado, el reconocimiento de la plurinacionalidad y del derecho a decidir, convocando un referéndum, y también la conformación de próximo gobierno catalán, consistirán en puntos fundamentales durante las negociaciones entre los distintos partidos y podrían complicar la elección de Sánchez como próximo presidente, aumentando las probabilidades de que nuevas elecciones fueran convocadas.

Una señal esperanzadora es el giro a la izquierda, producido tanto en las provincias pequeñas y de interior (por ejemplo: Burgos, donde Podemos consigue un hito histórico alzándose con representación), como en las metrópolis y las nacionalidades históricas. Podemos ha ganado las elecciones en Euskadi y Catalunya, lo que reafirma la suposición de que los tiempos político respectivos, interdependientes, de los distintas proyectos políticos pudieran sincronizarse en una suerte de consenso que llevara a la izquierda a alcanzar el poder institucional.

La necesaria irrupción social de nuestras necesidades, la puesta en común de qué vida queremos, partiendo de nuestra vulnerabilidad, que nos empuja a depender de fuerzas irracionales e incontroladas como los mercados, esto es, el proceso constituyente abierto y gestionado desde abajo, quedaría relegado a la búsqueda de un consenso entre distintas élites si camináramos hacia una simple reforma.

El “debate nacional”, la discusión de los temas, la lucha cultural y por los símbolos, la pugna por conquistar parcelas de soberanía, debe producirse en las calles y no en los parlamentos. Nos alegramos por el gran éxito de Podemos, desde luego, pero nos preocupa que la transición no la dirimamos nosotros y nosotras en las calles, con nuestros cuerpos, demandas, exigencias, proyecciones y esperanzas, sino una reforma entre las élites de los distintos partidos.

Las distintas crisis (social, territorial, institucional, cultural), suponen tensiones permanentes y no determinadas. Por tanto, no podríamos aventurar, partiendo de las elecciones de 20D, como esta segunda transición quedaría configurada en el futuro. 
Seguro que la correlación de fuerzas determinará dicha configuración, en la que operan actores locales, naciones y transnacionales. 
El régimen, comandado por PP y PSOE con la ayuda de Ciudadanos, no parece demasiado preocupado porque pueden apelar al inmenso poder de los actores transnacionales y a los compromisos adquiridos en la OTAN y la UE, que cercenan la capacidad de maniobra.
Pero sólo trabajar en las tensiones, empujando el “pueblo” por la recuperación de la soberanía perdida, sin escaparnos en el sectarismo, el cansancio y el miedo, que a veces nos asaltan como malsanas costumbres, conducirá a una correlación de fuerzas lo suficientemente potente como para hacer que la marea rebase y desborde los diques (de la restauración, de la burocracia  y al parálisis), conduciéndonos a ser dueños de nuestra vida, que es una existencia interdependiente y que, por tanto, debemos construir entre todos en un proceso constituyente abierto, horizontal, masivo y democrático. 
Al fin y al cabo, nuestra vida es política, y no permitiremos que otros la hagan por nosotros.


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