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viernes, 15 de enero de 2016

La muerte de España

Por Juan Argelina

"Yo... he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán... en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir" (Blade Runner)


Busqué palabras que enmudecieran el terrible silencio de la muerte, pero no encontré más que confusión y angustia por un vacío indefinible. Sólo una sucesión de tiempos inconcretos empujando violentamente en la memoria, dejaba mi cabeza como un yunque amartillado, alejado de la paz que tópicamente deja la muerte. 

Mi padre
Los niños-duende parloteaban en torno a madres-clon mientras yo trataba desesperadamente de encontrar el sosiego imposible en un autobús de línea que me dejaba a toda prisa en un Madrid de resaca de fiesta. La muerte no está de vacaciones. Los fantasmas rodean invisibles nuestras vidas de mentira mientras sus cadáveres yacen expuestos tras las vitrinas de un tanatorio. No reconocí a mi padre, cáscara informe metida en un féretro, envuelto en un sudario brillante que contrastaba con su rostro inerte, amarillento, deformado por los químicos de la higiene funeraria. El llanto se resiste y las entrañas se remueven. Eso había sido mi padre. De pronto la sala se vuelve inmensa, solos mi hermano y yo, bajo la asepsia del aire acondicionado. ¿Que fue de la vida? Una sombra recorrió fugazmente el espacio del rabillo del ojo a las dos de la madrugada, me advierte un familiar desconocido, en su casa, donde durante los últimos años iba de visita para ver a su prima, hasta que la enfermedad le dejó postrado para siempre. 
Allí recordaba, recordaba, hablaba, hablaba, ... todo lo que no había podido sacar de si durante tanto tiempo, todo lo que no había podido compartir siquiera con sus hijos. Una vida perdida, recuerdos borrados, esfuerzos, sufrimientos, alegrías engullidas por la soledad y la impotencia. Mi padre. Muerto. "Aquí yace Juan Ramón. Tus hijos te lloran". 

Tópico lapidario. Pero no hay lágrimas. Solo el ansia de saber, de comprender por qué fuiste así, por qué te callaste siempre, por qué ocultaste su verdadero ser. 

Me hablaste al final de gentes perdidas en la guerra, de represalias abominables durante los años del frío, de un abuelo casi anónimo al que encarcelaron con falsas acusaciones en Ocaña, de un tío echado al monte del que nunca se volvió a saber nada, de hermanos linchados atrozmente en la plaza del pueblo, de una madre infeliz que llevaba comida a un hijo preso en los sótanos del ayuntamiento, de un mundo atroz marcado por la necesidad constante de la supervivencia, de la ignorancia, del miedo, de la emigración, del matrimonio obligado y de los hijos que tardaban en llegar, de una niña que no pasó del año de vida, a la que nunca llegué a conocer, de esperanzas frustradas, y por fin, del silencio del tiempo, o más bien, del tiempo del silencio. 

La Historia de ese tiempo muere contigo y con muchos como tú, que guardaron el silencio del miedo, el silencio de las fosas, como las de Villacañas, sobre las que están escritos los nombres de varios de tu sangre. Y todo eso, al final, rompe en mí, ajeno a esos recuerdos, pero heredero de la fatalidad, condenado a seguir sin tu carga de emociones, sin tu experiencia, sin tu memoria, como aquel replicante de Blade Runner. 
Solo queda una fotografía emocionante que llega a mis manos tras tu muerte. Y las lágrimas quieren salir al ver a un joven soldado sonriente que rodea con su brazo a un amigo inseparable, cuya vida tampoco fue fácil. 

Sin embargo, la magia de la imagen detenida evoca un momento entrañable con el que me detengo a soñar, porque la felicidad, si existe, está en un instante impreciso del que no somos conscientes mientras ocurre, y que solo se retiene en su captura fotográfica. 
Ahí sí te reconozco. Ahí eres tú. Vivo. Ahora queda el tiempo de limpiar, de desbrozar el camino que sigue a partir de aquí. Sé que el pasado se funde con el futuro, que la memoria se degradará, y que hasta el vacío más profundo acabará disolviéndose en la lógica de la interpretación. Por eso escribo esto ahora, mientras me envuelve el misterio de la muerte. Porque todo pasa, pero no el tiempo de haber amado, de seguir amando todavía, hasta ese aliento último, ya pronto, esa postrer palabra cercana y terrible.
Perder la cabeza, perder la memoria, borrar el tiempo pasado, ignorar la raíz, moverse en el vacío, temer el futuro, guardar las distancias, prohibir el paso, impedir que se investigue el crimen, pasar página, dejar a los muertos en sus fosas, cerrar los ojos, estar cómodo en la ignorancia, conceder impunidad al asesino, reírse de las víctimas, engañar, ocultar, someter, someter, someter siempre al vencido hasta su aniquilación en el tiempo y en el espacio, anulándole de la memoria colectiva, haciéndole creer que tiene lo que se merece, que debe vivir en un maltrato constante. 
Esta es la situación de la relación de España con su historia reciente.



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