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domingo, 8 de febrero de 2015

El repago de las actividades extra-escolares. Cuando la enseñanza pública no es para tod@s

Por Ismael Aguado
CGT enseñanza


Una de las películas que más me han marcado como profesor es “La Lengua de las mariposas”.  El protagonista, Don Gregorio, interpretado por el genial Fernando Fernán Gómez, era un maestro republicano  con unas ideas que chocaban con la conservadora sociedad de una aldea gallega poco antes del golpe de Estado del 36.  En una de mis escenas favoritas, Don Gregorio, mirando por la ventana, anunciaba a sus alumnos que, con motivo de la llegada de la primavera, la clase de historia natural la darían en el campo.  El maestro, con la voz vibrante de emoción, afirmaba que la naturaleza era el espectáculo más asombroso del mundo.  El rostro de los alumnos, en principio incrédulos, fue mutando cuando Don Gregorio empezó a hablar de los rebaños que poseen las hormigas, de los submarinos que construyen ciertas arañas, y de la lengua en espiral que tienen las mariposas.  Las cuatro paredes del aula constreñían  a un maestro que entendía la educación como un camino hacia la libertad.  Era fuera del aula donde el aprendizaje cobraba sentido al no encontrarse separado del mundo real.  Para Don Gregorio,lo esencial no era que los chicos memorizaran nombres como “espiritrompa” sino que observaran y experimentaran cómo se sirven de ella las mariposas.

Las actividades complementarias y extra-escolares, como las clases de Don Gregorio, tienen por objeto lograr un aprendizaje integral del alumnado rompiendo el corsé del aula de clase.  A pesar de que la importancia de estas actividades ha ido en aumento y es obligatorio incluirlas en las programaciones didácticas sus nombres  denotan aún un carácter subsidiario.  La singularidad de las actividades extra-escolares respecto de las complementarias radica en que éstas se pueden desarrollar en un horario diferente al de clase, lo que a su vez genera otro tipo de diferencias como el de tratarse de actividades  no-obligatorias para el alumnado o que el profesorado tenga que recibir una indemnización o dieta  correspondientes por manutención, alojamiento o cualquier otra cuestión por el perjuicio que el desarrollo de la actividad pudiera causarle. 

Otra de las particularidades que las frías normativas no contemplan pero que no son nada desdeñables es que estas actividades quiebran la monotonía del aula.  En los días en los que hay programadas excursiones, visitas, o cualquier otra actividad se genera una atmósfera emocionante, y motivadora.  Hacer algo diferente con las y los compañeros de clase y el o la profe resulta muy saludable,  se rompen las fronteras y aprendemos a relacionarnos en otro ambiente, a conocernos mejor, lo cual redunda positivamente en la convivencia del grupo.  Esta sensación no es desconocida para los que formamos parte de la comunidad educativa.  A nadie se le escapa que estas actividades y las experiencias a ellas asociadas quedan grabadas de forma indeleble en nuestra memoria, y constituyen parte de nuestra identidad individual y colectiva ¿Quién no recuerda aquellos viajes en autocar?  ¿O la excursión a algún museo de Madrid? ¿O aquella obra de teatro en el Salinas?  El aprendizaje se impregna de vida y viceversa.  Así el velociraptor se mezcla con la complicidad de la amistad, el amor adolescente se entrelaza con la observación de la osa polar en el planetario,  la comprensión del bifaz Excálibur con el aroma a bocata de chorizo pamplonica que te ha preparado mamá, y las primeras lecciones de esquí con las interminables noches de bromas y confidencias en un albergue.  Me pregunto si estas actividades no debieran abandonar la periferia que denotan sus prefijos y ocupar un lugar de centralidad en el esquema educativo.  Apuesto a que Don Gregorio estaría de acuerdo con esta propuesta.

Las actividades complementarias y extra-escolares poseen otras dos características: en primer lugar, que cuestan dinero; y posteriormente  que la Junta de Castilla y León  no sufraga directamente estas actividades educativas, son los colegios e institutos con sus presupuestos los que las tratan de financiarlas total o parcialmente, aunque sería más correcto hablar en pasado.  Los centros financiaban estas actividades, porque tras seis años de recortes, llueve sobre mojado y los presupuestos de los centros educativos están anémicos.  Según cuentan diferentes secretarios de centro consultados, el dinero llega  para  la calefacción y poco más.  De este modo, en los centros de enseñanza pública se está exigiendo un repago cada vez mayor a las familias para que sus hijos e hijas puedan participar en las actividades extra-escolares.    La consecuencia inmediata es que comienza a haber muchos chicos  que nunca participan de estas actividades. Siempre se quedan en clases cojas con cuatro o cinco compañeros  bajo la supervisión del profesor de guardia.  Creo que en muchas ocasiones no acuden no porque no quieran, o porque hayan sido castigados, sino simplemente porque su familia no se puede permitir pagar siete euros por acudir a una obra de teatro, por poner sólo un ejemplo. Tras seis años de crisis ya no es necesario acudir a la enseñanza privada subvencionada para encontrar discriminación por razón de renta.  En la escuela pública, la que se reivindica de tod@s para tod@s, también se discrimina.  Además es una discriminación por partida doble  porque además de aislar y segregar a parte del alumnado del resto de la clase por razón de renta, se está procediendo a asignar recursos pagados por todos, el profesorado lo es,  al alumnado que aún es capaz de hacer frente  al repago de las actividades extra-escolares.  El alumnado pobre no sólo se queda sin actividad formativa, sino que en la mayoría de los casos se queda también sin profesor.

Las directivas de los centros educativos públicos generalmente aceptan gestionar unos presupuestos que son insuficientes  para desarrollar todas sus responsabilidades educativas.  Las actividades complementarias y extra-escolares son un claro ejemplo de esto.  A pesar de carecer de dotación presupuestaria, y de que su falta de financiación suponen una vía de discriminación y exclusión de una parte del alumnado,  nadie quiere renunciar a ellas, entre otras cosas porque  dan prestigio al centro.  En un contexto de  competencia voraz, la mayoría de los colegios e institutos luchan por captar estudiantes de familias sin problemas económicos, porque a priori auguran menos conflictos disciplinarios y mejores resultados académicos.  En este marco de competitividad, muchos centros educativos no sólo contemplan las actividades extra-escolares y complementarias como un medio para mejorar las capacidades del alumnado sino que se convierten en una estrategia de marketing para conseguir un determinado perfil de estudiantes. Basta con observar las páginas web de muchos centros para comprobar el lugar de centralidad y privilegio que ocupan las fotografías de unas actividades consideradas por muchos como subsudiarias desde el punto de vista educativo.  Una estancia en Brighton, o en París, da una buena  imagen de marca del centro educativo,  una semana blanca en los Pirineos, también, y poco importa que hablemos de actividades que cuesten cientos de euros, y que en consecuencia estén fuera del alcance de muchas de las familias.

En una nueva perversa vuelta de tuerca en algunos centros educativos se están viendo abocados a no abonar las indemnizaciones o dietas a los profesores que programan y organizan actividades extra-escolares.  Ante la negativa de algunos profesionales a trabajar en esas condiciones  se está promoviendo que las dietas de los profesores puedan ser pagadas por las familias incluyéndolas en el coste general de la actividad. Posiblemente estas medidas no pasen el filtro de la legalidad, pero más allá de esta cuestión  parece obvio que si se añade el pago de la dieta del profesor al coste de la actividad el precio de estas actividades se encarecerá aún más, y también aumentará la parte de alumnado excluido de este tipo de actividades.  Sin embargo lo más preocupante de este tipo de dinámicas es que  abren de par en par las puertas de las transacciones privadas entre familias y profesores.  Si se continúa por esta senda, el departamento de actividades complementarias y extra-escolares corre el riesgo de convertirse en una agencia de viajes, de hecho ya hay empresas que ofertan intercambios y estancias en el extranjero a través de los departamentos correspondientes.  Lo más triste del asunto es que estas actuaciones están pasando a formar parte de la normalidad de la vida académica ante la aparente indiferencia o incluso complicidad de demasiados profesionales de la enseñanza pública. Esta situación me trae al recuerdo otra escena de “La lengua de las mariposas”, en la que el cacique del pueblo trata de regalar dos capones a Don Gregorio para que éste tratara de manera diferenciada a su hijo.   De seguir por esta senda ¿Cuándo volveremos a ver estas escenas en los centros públicos de enseñanza?

Las actividades complementarias y extra-escolares son muy importantes tanto en lo académico como en la conformación de una comunidad educativa.  Debería hacerse una evaluación de la organización y participación de este tipo de actividades para ser plenamente conscientes de la situación.  La insuficiente financiación de la educación como consecuencia de los recortes ha promovido un mayor repago de este tipo de actividades y esto a su vez la exclusión y discriminación de cada vez más estudiantes. Ante esta situación, una parte  del profesorado parece encontrarse cómodo haciéndose cómplice de unos recortes que también amenazan sus condiciones laborales y está aceptando una privatización de la organización de este tipo de actividades.  Para que, la enseñanza pública siga siendo la de tod@s y para tod@s son necesarias dos cosas.  En primer lugar, una financiación acorde a los retos y las responsabilidades que se asumen, y por otro lado, una toma de conciencia de todo el mundo, pero muy especialmente de sus profesionales quienes deberían ser los principales garantes de su trascendente labor.