Los termómetros de la
ciudad rayaban los treinta y cinco grados. Los perros estaban a la
sombra. Los delincuentes estaban a la sombra. Las mujeres embarazadas
estaban a la sombra. Los parados estaban a la sombra. Los niños
estaban a la sombra. Las autoridades municipales estaban a la sombra.
En la gran sombrilla se publicitaba un supositorio de marca alemana.
Te regalaban, además, un ventilador de bajo consumo.

Los tiernos corderillos
sabían que iban a morir. Lo asumían con resignación aunque
ninguno hacía dramas de aquello. Somos seres
para la muerte murmuraban
entre ellos al cobijo de sus madres. Eso sí, todos coincidían en lo
preferible de morir en la provincia. Así, al menos les estamparían
el sello de calidad.
A partir de Enero de 2013
se exigirán estudios de postgrado en estética y decoración de
interiores para poder ser voluntario en la tienda de ropa de segundo
mano que tiene Cáritas. No podemos dejar en manos de abuelas
santurronas el estilismo de nuestros inmigrantes. Puede que sean
pobres pero, indudablemente, marcan tendencia.
Debido al imprevisto
éxito de la Feria de tapas, las existencias de morcilla de Burgos se
habían agotado. Masas de ciudadanos hambrientos deambulaban por el
Paseo de Atapuerca. Sangre, queremos sangre
repetían
insomnes
bajo
la
luz
de
luna.
Con apenas cuatro años
de vida a sus espaldas, 505 Kg de peso e ignorante de la suerte que
había de correr su pellejo, saltó a la arena del coso. Sonríe,
es Burgos resultó ser su macabro epitafio.