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domingo, 27 de diciembre de 2015

El discurso del rey

Manifestación en Burgos en junio de 2014, tras la abdicación del rey Juan Carlos I 


Por Juan Vallejo

Voy a decepcionarme también en mi madurez: el trono del rey no rey; i-real. Como aquellos reyes de barro que posaban ante el portal de Belén. Herencia de sangres atardecidas, maderas deshojadas en un invierno con sol. Todo irreal, como el palacio descomunal que engulle al trono y al entronado para echar palabras en un suburbio sin luz. Palabras irreales, vacías, huecas como conchas de caracol fundidas en la ceniza. Mirando hacia otra parte vierte este rey ilegal las dudas y los números suicidas.

Muy joven y muy viejo con la estirpe descosida por el bienestar antiguo, con la vista cansada y sanguina, la mentira de alguien que a su lado lee. Todo vacuo, falso como la sombra del tiempo que va en dirección contraria. Con el olvido salvado del desahucio y la miseria en el camino, circulando.

Un no rey de cartón y barro que reúne los números de la indecencia, con olor amarillo y contrastes impuros surtiendo de cadmios y óxidos de amianto la incertidumbre. Por el carro de invierno uncido por la yunta de la miseria conduce el no rey su discurso en una catedral vacía, porque su intimidad la guardan las ranas del estanque entre lágrimas rosas de una princesa de secas hojas y pechos de colores. Tendidos los brazos a la nada, pretendiendo la desvalida y desnortada nación que te repeina. País difícil cual cristalería de Imperio que deshace la lluvia hasta ser tierra y sentirse cuerpo.

Se esconde la plebe tras los jarrones de palacio a punto de estallar la cerámica en el mármol, en tanto que las palabras se estampan contra los estucos por los que madejas de cabellos de concubinas y reinas rotas, hilan la primera mentira.

Por el curso de la luz embalan en cajas de cartón tu mirada de rey de trébol. Rueda por nosotros el no trabajo, la muerte aspirante, la codicia del futuro, el que urdes en tu reino imperfecto desde tu asiento reservado. Marcas destinos imposibles. Bebes los minutos en un vaso de agua en el que el solsticio de invierno ha atrapado el tiempo que te desnuda, dejando al oreo lo intangible de tu anatomía de juguete de hojalata que espera una limosna. En tus hombros el mudo viento posa las calladas sombras de los que reclaman su legítima: ésa que tú y tus cuaternarios ancestros licuaron en las estancias de ese palacio indecente donde posas.

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