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sábado, 5 de octubre de 2013

Procreación políticamente asistida



 De Beatriz Preciado
 Traducción al castellano por Eduardo Nabal
Cartas de los lectores

Beatriz Preciado (Burgos, 1970) es una filósofa feminista. Se destaca por ser una de las principales referentes en España de la Teoría Queer y la filosofía del género. Ha sido discípula de Ágnes Heller y Jacques Derrida. Es autora del “Manifiesto Contrasexual” y “Texto Yonqui”  entre otras obras importantes dentro de la teoría y práctica queer y la filosofía del género.

 En términos biológicos afirmar que el encuentro sexual entre un hombre y una mujer es necesario para desencadenar un proceso de reproducción sexual es tan poco científico como lo fueron en otros tiempos las afirmaciones según las cuales la reproducción no podía tener lugar entre dos sujetos pertenecientes a una misma religión, con el mismo color de piel o idéntica clase social. Si somos capaces de identificar estas afirmaciones como prescripciones políticas ligadas a ideas religiosas, raciales o de clase deberíamos también ser capaces de identificar hoy la ideología heterosexista como impulsora de los argumentos que sostienen que la unión sexopolítica entre un hombre y una mujer son las condiciones necesarias e inmutables  para la reproducción.

 Detrás de la defensa de la heterosexualidad como única forma de reproducción natural se esconde la engañosa  confusión entre la práctica y reproducción sexual. La bióloga Lynn Margulis nos avisa de que la reproducción social humana es mayeótica: la mayor parte de nuestros cuerpos son diploides, es decir series de 23 cromosomas. Al contrario, los espermatozoides y los óvulos son células halópidas. Solo tienen tres cromosomas en juego. La reproducción sexual no exige la unión erótica o política entre un hombre y una mujer: ni hetero ni homo, es un proceso de recombinación del material genético de dos células haploides.

 Pero las células haploides no se encuentran nunca por casualidad. Todos los animales humanos procrean de manera políticamente asistida, la reproducción supone siempre la colectivización o puesta en común del material genético de un cuerpo a través de una práctica social más o menos regulada, sea mediante una técnica heterosexual (la eyaculación del pene en el interior de la vagina) sea por un intercambio amistoso de fluidos sea por una jeringa en una clínica o sea por una placa en un laboratorio.
 Históricamente diferentes formas de poder han buscado controlar los procesos reproductivos. Hasta el siglo XX; cuando aún no se podía intervenir a nivel molecular, la dominación más fuerte se ejercía sobre el cuerpo femenino, útero en potencia para la gestación.
 No importa lo que produce un útero, siempre es considerado como propiedad del “pater familias”. Formando parte de un proyecto biopolítico en el seno del cual la población era objeto de cálculos economicistas y el apareamiento  heterosexual se convirtió en un dispositivo de reproducción “nacional”

Todos los cuerpos cuya unión no daba lugar a la reproducción fueron excluidos del “contrato heterosexual” soporte de las modernas democracias. Es el carácter asimétrico y normativo lo que llevará a Monique Wittig a decir, en los años setenta, que la heterosexualidad no es solo una práctica sino también “un régimen político”.

Para los gays, para algunos transexuales, para algunos heterosexuales, para los asexuados o las personas con alguna diversidad funcional no es posible tener un encuentro pene-vagina con eyaculación. Pero esto no quiere decir que no seamos fértiles o que no tengamos el derecho de transmitir nuestra información genética. Gays, lesbianas y transexuales no somos únicamente “minorías sexuales” (yo utilizo aquí el término minoría en el sentido deleuziano, no en términos estadísticos, sino como en términos de un sector social políticamente oprimido, como se ha utilizado en ocasiones con “Las mujeres”), somos también “minorías reproductivas”

Hasta ahora, hemos pagado nuestra “disidencia sexual” con el precio del silencio genético en torno a nuestros cromosomas. No solo se nos ha privado de la posibilidad de la transmisión de un patrimonio económico, también nos han confiscado nuestro “patrimonio genético”. Gays, lesbianas, transexuales, transgéneros y los cuerpos considerados todavía  “discapacitados” hemos sido políticamente esterilizados o bien hemos sido forzados/as a reproducirnos mediante tecnologías heterosexistas. La actual batalla por la extensión de la reproducción asistida a los cuerpos “no heterosexuales” es una guerra política y económica por la total despatologización de nuestras formas de vida y por el control de nuestros materiales reproductivos.

 El rechazo de algunos gobiernos a la reproducción asistida para personas LGTB, para las parejas “no heterosexuales” viene a sostener las formas hegemónicas y clásicas de reproducción y algunos gobiernos europeos, aun aprobando leyes de “matrimonio igualitario”,  perpetúan una política de “Heterosexismo de Estado”.



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